jueves, abril 12

Iom haShoa (Congreso Judío Panameño, 2018)


Iom haShoa veha-G'vura (2018)
Congreso Judío Panameño
Ciudad de Panamá
Rabino Joshua Kullock

El 19 de abril de 1943, familias judías en todo el mundo se reunieron alrededor de sus mesas para celebrar el inicio de un nuevo Pesaj. Pero este Pesaj fue distinto a todos los otros Pesaj. Esa noche, especialmente para los judíos de Varsovia, esa noche no fue una noche más. Para ellos, el camino hacia la libertad dejó de ser solamente el relato de lo acontecido en un remoto pasado en Egipto para transformarse en un grito de rebelión y de esperanza, aun en contra de todos los pronósticos, en su lucha desigual contra el ejército Nazi.

El 19 de abril de 1943, los nazis querían sorprender a Hitler. El Führer cumplía años el 20 de abril y los generales decidieron que el vaciamiento del Ghetto de Varsovia sería un regalo ideal para el dictador. El hecho de que los judíos estuvieran celebrando Pesaj parecía agregar un toque siniestro a lo que estaba por acontecer. Muchos años después del éxodo, un nuevo Faraón estaba a punto de concluir con la tarea.

Sin embargo, los planes Nazis no funcionaron. Porque los judíos se rebelaron. Esos judíos hambrientos y hacinados lucharon por sus vidas. Ese puñado heroico de hombres y mujeres logró echar al ejército germano no una sino dos veces. No sólo durante la noche del 19 de abril de 1943 sino durante casi un mes.

El levantamiento del Ghetto de Varsovia duró más que la resistencia de todo Francia. Y en ese coraje sin fronteras, en ese heroísmo sin cuartel, Mordechai Anielewicz y sus compañeros marcaron nuestro camino y nos recordaron que ser judío, entre otras cosas, implica un compromiso ineludible con la justicia, a favor la dignidad humana y en contra del odio y de la opresión en todas sus formas, en todo tiempo y en todo lugar.

Una vez que el Estado de Israel declaró su independencia en 1948, el gobierno liderado por David Ben Gurion decidió conmemorar la Shoah en una fecha cercana al 19 de abril. Mientras que las Naciones Unidas recuerdan el Holocausto el 27 de enero, haciendo hincapié en la liberación de Auschwitz a manos de los aliados en 1945, Israel eligió enfatizar la resiliencia de un pueblo que no fue como ganado al matadero, sino que opuso resistencia frente al mal radical.

Para mí, Iom haShoa vehaGevura, el Día de la Shoa y del heroísmo, como es su nombre oficial en el calendario hebreo, es siempre un buen momento para releer algunas reflexiones escritas por los sobrevivientes. En esta oportunindad, y en dicho espíritu, quisiera aprovechar estos minutos para compartir con ustedes tres de estas reflexiones, de tres autores distintos.

El primero de ellos es Primo Levi, químico italiano que fue deportado a Auschwitz a finales de 1944 y quien, una vez que regresó a su hogar, escribió un par de libros autobiográficos describiendo no sólo sus días en el campo de concentración sino también algunas reflexiones sobre lo vivido.

Por ejemplo: “Muchos pueblos – muchas naciones – pueden encontrarse sosteniendo, a sabiendas o no, que ‘todo extranjero es un enemigo’ […] Cuando los dogmas tácitos se vuelven la premisa más importante de un silogismo, entonces, al final de dicha cadena, nos encontramos con el campo de concentración.”

Al leer a Primo Levi, no puedo dejar de pensar que cada vez que una sociedad se organiza para señalar a tal o cual grupo como marginal, como una amenaza, o como los culpables de todos los males que nos aquejan, nos arriesgamos a terminar perdiendo nuestra humanidad. Cada vez que un grupo hegemónico se organiza para salir a cazar brujas, termina por construir muros – simbólicos o reales – que no hacen más que sembrar miedo, profundizar suspicacias y separarnos los unos de los otros.

En lugar de buscar culpables, deberíamos redoblar nuestros esfuerzos en la construcción de una sociedad pluralsta e incluyente, abierta a todo aquel que se acerque con un corazón generoso y sincero para contrubir desde su particularidad al desarrollo de un espacio multicultural en donde cada quien pueda brillar con su propia luz, creando entre todos un mosaico multicolor.

Es en este contexto que es muy importante asumir nuestra propia responsabilidad de cara a la tarea. O, como bien escribió Primo Levi en su momento, “Los monstruos existen, pero son demasiado pocos para ser verdaderamente peligrosos. Mucho más peligrosos son los hombres comunes, aquellos funcionarios listos para creer y actuar sin cuestionarse.”

Si la Shoa sucedió, nos enseña Levi, eso ocurrió porque un grupo de extremistas se hizo del poder, pero una parte importante de su fuerza radicó en las simpatías que generaron en un porcentaje no menor de la sociedad europea que estuvo dispuesta a creer en los chivos expiatorios y en los estereotipos propuestos por el nazismo, y que ya tenían larga data en la historia continental. Entre tales simpatías y la apatía del resto, se generaron las condiciones que llevaron a la humanidad a escribir una de las páginas más tristes de todos los tiempos.

Para mucha gente es muy difícil hablar de la Shoa sin preguntarnos por qué Ds permitió que algo así ocurriera. Es difícil tomar consciencia de las atrocidades Nazis y evitar el interrogante que busca entender, que busca encontrarle sentido al mal radical. ¿Qué ha sido de la teodicea? ¿Qué ha sido de la justicia divina?

Es en este contexto que quisiera introducir las reflexiones del segundo pensador y sobreviviente de esta noche. En este caso se trata del filósofo francés Emmanuel Levinas, quien pasó una parte importante de la Segunda Guerra Mundial como prisionero de guerra en un campo alemán. En un texto titulado “El sufrimiento inutil,” Levinas escribe que la búsqueda de una explicación que nos posibilite entender lo que ocurrió en la Shoa tiene que ver con lo difícil que nos resulta atravesar los dolores que no tienen sentido. Vivimos buscando comprender lo que nos pasa porque cuando, no entendemos, nuestras vidas se resquebrajan. Es por ello que invocamos el poder de las explicaciones metafísicas y es por ello que preferimos terminar de creer en toda clase de teorías inverosímiles antes que claudicar frente a la evidencia de que hay males que van más allá de toda lógica.

Pero Levinas no quiere que hagamos eso. Levinas no quiere que encontremos una explicación que nos de resguardo, que nos calme el dolor o que mitigue nuestros miedos. Por el contrario, Levinas espera que todo ese sufrimiento que marca nuestra historia se pueda volver el combustible que en lugar de encontrarle sentido al pasado nos impulse a trabajar mancomunados para que dichas atrocidades nos vuelvan a ocurrir jamás.

De esta manera, en Levinas, el sentido del mal ha dejado de ser un ejercicio de búsqueda teológica para transformarse en un llamado divino que afirma nuestro compromiso con acciones responsables. En lugar de explicar el pasado somos llamados a reparar el futuro, asumiendo nuestro lugar único e irrepetible, a fin de que el sufrimiento ajeno sea erradicado de una buena vez y para siempre, a fin de que podamos finalmente construir como hermanos y hermanas el Reino de los Cielos aquí en la tierra.

Por último, y para concluir, quisiera compartir en esta noche algunas reflexiones escritas por Elie Wiesel. Elie Wiesel no necesita de mucha introducción. Sobreviviente de Auschwitz y Premio Nobel de la paz en 1986, sus libros han sido leídos y citados una infinidad de veces en un sinfín de oportunidades. Por esto mismo, hoy quiero compartir parte de un texto que me parece que no es tan conocido, pero que a mi criterio es tan profundo como bello. Lo que más me gusta es que está dedicado a la gente joven, a la siguiente generación, y podría ser leído como las lecciones que Wiesel intenta legar a los que, llegado el momento, continuarán con nuestro camino. El texto fue escrito en 1992, se llama “¿Has aprendido la lección más importante de todas?”, y, entre otras cosas, dice lo siguiente:

“Todos los juicios colectivos son erróneos. Sólo los racistas los hacen. Y el racismo es estúpido, tanto como es feo. Su objetivo es destruir, pervertir, distorcionar la inocencia en los seres humanos y su búsqueda por la igualdad. El racismo es engañoso. En cada comunidad hay buena gente y malas personas.

Ninguna raza humana es superior; ninguna fe religiosa es inferior. Todos venimos de algun lugar y todos nos preguntamos hacia dónde vamos. Yo sé: Tú has sido puesto a prueba en tus años de colegio, más de una vez. Pero las pruebas reales todavía se encuentran por delante. ¿Cómo habrás de lidiar con el hambre, la falta de vivienda, la discriminación sexual o de género y con los antagonismos dentro de tu comunidad? El mundo allí afuera no está esperándote para darte la bienvenida con los brazos abiertos. El clima económico es malo; el psicológico es aun peor. Te preguntas: ¿Podré conseguir trabajo, aliados, amigos? Yo le rezo a nuestro Padre en el Cielo para que responda “si” a todas esas preguntas. Pero si resultara ser que te encuentres con decepciones temporales, yo también rezo para que no hagas pagarle a nadie más el precio de tu dolor. No veas en nadie más el chivo expiatorio de tus dificultades. Sólo un fanático hace eso – no tú, porque tú has aprendido a rechazar el fanatismo. Tú sabes que el fanatismo conduce al odio, y que el odio es tanto destructivo como autodestructivo. Te hablo como un maestro y como un alumno – uno es ambas cosas, siempre. También te hablo como un testigo. Te hablo a ti, porque no quiero que mi pasado se vuelva tu futuro.”

En estos momentos de recordación, que podamos decir yehi zikhram barukh, que las memorias de los seis millones sean para nosotros eterna bendición. Que puedan ellos descansar en paz. Y que sepamos nosotros encontrar los caminos para inspirarnos en el heroísmo de aquellos que un 19 de abril de 1943, y con ellos tantos otros, eligieron decir “Nunca más.” En ese espíritu, que podamos trabajar a conciencia para que el pasado atroz que recordamos hoy no se vuelva nuestro futuro ni el de nadie más. Muchas gracias.

domingo, abril 8

Acuerdos, expectativas y desilusiones

Uno de los relatos más tristes que alguna vez leí en el Talmud es también uno de los más cortos. En su versión original no necesita más que cuarenta y cuatro palabras para describir un mundo de sensaciones, de expectativas y de desilusiones. Tan corto es, que creo que vale la pena intentar traducirlo para que se den una idea de lo que hablo:

Rav Rehumi acostumbraba estudiar con Rava en [la ciudad de] Mehoza.
Solía regresar a su casa en la víspera de Iom Kipur.
Un día su estudio lo atrapó.
Su mujer lo esperaba.
"Ya vendrá, ya vendrá."
No vino.
Se entristeció. Una lágrima cayó de su ojo.
[Rav Rehumi] estaba sentado en el techo. El techo colapsó debajo de él y se murió.
(Ketuvot 62b)

Por dónde empezar, ¿no?

A veces parece tan fácil pegarle a Rav Rehumi por su ausencia, por su amor bifurcado entre su mujer y sus estudios o por el hecho de regresar al hogar justo en la víspera de Iom Kipur, en uno de los pocos días al año en los que las relaciones sexuales están prohibidas. Sin embargo, por más de que sea sumamente sencillo destrozar al aspirante a sabio por todas esas cosas, el hecho es que nada de eso fue lo que le rompió el corazón a su mujer.

Según esta historia en miniatura, Rehumi y su mujer sostienen su relación a partir de un acuerdo que parece bastante claro: Ella espera que regrese cada año en la víspera de Iom Kipur. Punto.

Sí, es posible que según las sensibilidades del siglo XXI ese tipo de relación roce lo humillante. Pero nada en el relato nos obliga a pensar que la mujer de Rehumi lo quiere cerca durante el resto del año. Sabemos que a él le atrae el estudio y sabemos que hay una suerte de triángulo amoroso entre Rehumi, su mujer y la Tora. Pero no tenemos idea de lo que pasa con ella. Creer que ella lo quiere cerca todo el tiempo habla más de lo que a nosotros no nos alcanza que de lo que ella necesita. El acuerdo era que Rehumi vuelva para Iom Kipur. La expectativa estaba puesta allí. "Ya vendrá, ya vendrá," aparece diciendo, casi suspirando. Y cada uno de nosotros puede sentir cómo su ilusión se mantiene hasta el último momento. Pero no, "no vino." El estudio fue más fuerte, Rehumi encontró con qué entretenerse y, en esa elección, terminó por romper no sólo los términos de su relación sino también el corazón de su mujer.

Lo que a mí más me conflictúa al leer la historia es el quiebre de la ilusión, el cambio unilateral de los términos y condiciones de la relación sin previo aviso. Rehumi podría haberle mandado una carta a su mujer, o una paloma mensajera, o hacerle señales de humo. Lo que sea. Sí, también podría haber dejado de encerrarse en la escuelita de Rava y volver a su casa a tiempo completo. Lo se. Pero incluso si se mantenía ese acuerdo de la visita anual... Rehumi y su mujer tenían una cotidianeidad inusual, pero cotidianeidad al fin. Entre los dos habían desarrollado al menos un ritual que, una vez que ya no estuvo, dicha falta le generó un agujero enorme a quien todavía mantenía la expectativa y la esperanza. ¿Por qué Rehumi no pudo, supo o quiso sostenerlo? ¿Tan fuerte era su amor por el estudio? ¿Tan poco el amor por esa mujer?

Hoy releía unas líneas escritas en la década del 50 por Erich Fromm, en donde el pensador sostiene que, a diferencia del amor fraternal y del amor pater/maternal, en donde el vínculo no está restringido a una sola persona, en el amor erótico nos encontramos frente al "anhelo de fusión completa, de unión con una única otra persona. Por su propia naturaleza, es exclusivo y no universal." Según Fromm, este tipo de amor es profundamente monogámico y quizá, el mayor problema de Rehumi haya sido el de caer preso de creer que ese anhelo de fusión completa podía manifestarse tanto con su mujer como con sus estudios (o tal vez con su maestro Rava? Vaya uno a saber...). Sólo fue necesario que la Tora lo atraiga un poco más para que las cosas terminen por quedar claras.

El final del relato, entre la lágrima rodando por la mejilla de ella y el techo colapsando debajo de los pies de él, es simplemente bello. Se trata de la sincronía en la debacle de un mundo que ya no existe más. Ella está decepcionada y no lo oculta. Él no tiene idea de lo que le pasa a ella, pero enfrascado en sus estudios termina por quedar atrapado entre los escombros de lo que ya se rompió sin vuelta atrás.

Tal vez, con este relato el Talmud está intentando advertirnos sobre los peligros del estudio excesivo. Tal vez, nos está diciendo que el camino hacia la sabiduría no va por ahí, y que Rehumi nunca entendió de qué se trataba. O, tal vez, el Talmud sólo nos está pidiendo que seamos claros en nuestros vínculos y relaciones, que tratemos de ser lo menos ambiguos posibles y que si cambiamos los términos y condiciones sepamos avisar con tiempo. Hay lágrimas que son evitables y hay techos que no tienen por qué colapsar.

miércoles, abril 4

Entre muerte digna y miserias propias

Hace tanto que no escribo acá que ya no se si me acuerdo cómo se hace. No que no me toque escribir casi todas las semanas. Pero por lo general escribo en inglés, y escribo lo que luego será escuchado pero rara vez leído. Escribo para otros. Acá, hoy, escribo para mí. Y escribo porque confío en que las palabras puedan ayudarme a exorcizar algunos de mis demonios, a lidiar con lo que toca, a decir adiós.

Quizá sea por eso que hoy me encontré pensando en el relato talmúdico que describe las últimas horas de Rabi Yehuda haNasi. Porque es un relato que piensa sobre lo difícil que nos resulta despedirnos de quienes verdaderamente queremos, incluso al punto de volvernos irremediablemente egoístas al enfrentarnos con semejante dificultad.

El Talmud cuenta que Rabi Yehuda venía pasándola mal. Está enfermo. Sufre. Le duele todo. Pero sus alumnos no quieren que se muera. Y por eso rezan. Rezan con tal fervor que ni siquiera los ángeles celestiales pueden contrarrestar el efecto demoledor de dichas plegarias. El Talmud incluso lo plantea, si se me permite la anacronía (y claro que se me permite, al fin y al cabo estoy escribiendo para mí) casi en términos futbolísticos: "Los reinos superiores requerían a Rabi y los reinos inferiores requerían a Rabi." Todos quieren que Rabi Yehuda juegue para su equipo. Imaginen qué importante es Rabi Yehuda en el imaginario colectivo que no necesita que lo llamen por su nombre. En el Talmud, cuando se habla de "Rabi" a secas, todos saben que se trata de Rabi Yehuda haNasi, Rabi Yehuda "el príncipe." Rabi es el Messi de su generación (y dale con el fútbol...), el jugador con el que todos quieren contar. Los ángeles lo quieren en el Cielo. Sus alumnos lo quieren acá en la Tierra y no están dispuestos a dejarlo morir. Y por eso rezan. Como nunca antes y, posiblemente, como nunca después.

Pero en ese rezo fervoroso y descontrolado, llega un punto en el que los alumnos dejan de ver al maestro. Se olvidan de su sufrimiento y de su dolor y sólo piensan en el de ellos. Y tal vez sea difícil juzgarlos. Porque es doloroso dejar ir a quienes amamos con el alma. Porque nos da miedo, porque nos angustia pensar qué haremos cuando ya no estén, porque nos es imposible pensar la vida sin ellos. Y ni que hablar si se trata del gran maestro de la generación, o de esos amigos que queremos como hermanos, o del gran amor de nuestras vidas, ¿no? ¿Cómo no pecar de egoístas? ¿Cómo no terminar siendo profundamente mezquinos en nuestras actitudes?

Es en este punto que el Talmud incluye la visión de un personaje clave: la criada de Rabi Yehuda. Y así cuenta el Talmud: "Cuando vio cuántas veces tenía que ir [Rabi Yehuda] al baño y quitarse las filacterias para luego volver a ponérselas, cuando vio su sufrimiento, dijo: Quiera Ds que la voluntad de los reinos superiores se imponga a la voluntad de los reinos inferiores."

La criada, y no los alumnos, es aquella que puede ver más allá de su propio dolor y expresar el deseo de que Rabi Yehuda deje de sufrir. Es ella, y no los estudiantes, quien nos termina enseñando Tora. Pero, al parecer, su plegaria no surte el efecto deseado. Si los alumnos pueden contrarrestar los deseos de los ángeles, imaginen lo que pueden hacer con la simple oración de una criada... Y por eso Rabi Yehuda sigue ahí, maltrecho, atado a una vida que no es vida "gracias" a los rezos de sus alumnos.

"Fue entonces que ella tomó un jarrón y lo tiró desde el techo hacia el piso, haciendo tanto ruido al estallar que los Sabios se quedaron momentáneamente en silencio y dejaron de rezar por la salud de su maestro. Fue, en ese momento, que Rabi Yehuda haNasi se murió."

Tan simple como contundente. Tan conciso como bello. Tan triste como real.

Dejar ir a quienes queremos se cuenta entre las cosas más difíciles que nos toca hacer en vida. Pero, al parecer, el Talmud quiere dejarnos bien en claro que una muerte digna es mucho más noble que dejar sufriendo de manera innecesaria y por tiempo indefinido a aquellos que tanto decimos querer.

Nada me asegura que, frente a una situación similar, yo no termine haciendo lo mismo que los alumnos de Rabi Yehuda hicieron con su maestro. Quizá sea por eso que, de tanto en tanto vuelvo a releer la historia que registra las últimas horas de este sabio. Quizá sea por eso que vuelvo a leer sobre la valentía de una mujer que supo marcar el camino, que miró por sobre sus propias miserias y que pudo ver al hombre sufriendo, despojado de sus títulos y sus honores, listo para iniciar su camino hacia la próxima etapa. Incluso asumiendo el dolor que conlleva decir adiós, de una buena vez y para siempre.

(Quien quiera leer el relato en su versión original, que vaya a Ketuvot 104a.)

martes, junio 4

Sobre las donaciones

Pesajim 7a - 21a

El manejo de dinero puede conllevar algunos desafíos y preocupaciones. No es que la plata sea buena o mala: simplemente puede ser utilizada para buenos fines o para hacer negocios turbios. (Si les interesa el tema del Judaísmo y la riqueza en general, hagan click aquí.)


Uno de los usos que se le puede dar al dinero tiene que ver con las donaciones. En un principio, parecería ser casi contra intuitivo el tema de donar de nuestros recursos para otras causas. Si fuera cierto que biológicamente estamos cableados para interesarnos por nuestra continuidad y la de nuestros seres queridos (genéticamente vinculados a nosotros), entonces para qué regalar nuestro dinero a causas que promueven el bienestar de quienes menos tienen y más necesitan o la búsqueda de nuevos caminos para curar ciertas enfermedades.

Por otro lado, a la hora de administrar donaciones, a veces surge la pregunta sobre los deseos del donador a raíz de su ofrenda. En otras palabras, la necesidad de algunos de poner pabellones a su nombre, placas que den testimonio de la buena acción y toda otra clase de requisitos que a veces parecen fundamentar el tema de nuestro interés (finalmente) en la continuidad de nuestro propio nombre más allá de todo lo demás. En este sentido, la pregunta es: ¿Debe complacerse esto que a priori parecería ser un reflejo narcisista?

Responde el Talmud: "Aquel que dice: "Esta moneda es para justicia social, a fin de que mi hijo viva o con la condición de que yo sea aceptado en el mundo por venir" es considerado como un justo absoluto."


Nuestros sabios no tienen dudas. Aquel que dona puede hacerlo con toda la intención de poder trascender y perpetuarse. Puede que sus intenciones no sean del todo altruistas, y puede que en la donación se jueguen deseos propios de Narciso, pero aun así, el Talmud considera a quien dona una moneda para justicia social como un justo absoluto.

¿Por qué? Porque llegado el momento de ofrendar de lo nuestro, más allá de las razones que nos llevan a hacerlo lo importante es poder ayudar a reparar los equilibrios perdidos. Si sólo se aceptaran las donaciones que se hacen de corazón y sin segundas intenciones, los que probablemente saldrían perdiendo son los eslabones más débiles de la sociedad. De aquí que en el judaísmo la tzedaka se traduzca como justicia social y no como caridad: Aquí no importa si el corazón te mueve a dar de tus recursos para ayudar al prójimo; aquí se trata de un acto de justicia que no depende de nuestros sentimientos sino del hecho de entender que el mundo necesita ser reparado, y es a partir de nuestras acciones cotidianas que eso se logra. Si eso implica una placa con tu nombre, no hay ningún problema. El tema es no caer en el discurso de la donación altruista dejando siempre tu mano lejos del propio bolsillo.

Tiene sentido, ¿no?


¡HADRAN ALAJ OR LE-ARBAA ASAR!
¡VOLVEREMOS A TI OR LE-ARBAA ASAR!

PD: Entre las páginas 21a y 42a se extiende el segundo capítulo de Masejet Pesajin, del cual desgraciadamente no encontré nada para comentar en el espacio de este blog. Razón más que suficiente para decir...

¡HADRAN ALAJ KOL SHAA!
¡VOLVEREMOS A TI KOL SHAA!

lunes, junio 3

Hacer la tarea

Pesajim 2a - 6b

Dos razones para festejar hoy: Esta es la entrada número 100 en el blog y comenzamos con el cuarto tratado del Talmud: Pesajim. Como su nombre lo indica, el tratado hablará en extenso sobre la festividad de Pesaj, durante la cual los judíos celebramos la salida de Egipto y el inicio del largo camino hacia la libertad, no sólo física sino también mental y espiritual. De hecho, no por casualidad nuestros sabios nos enseñan que a Ds le tomó un año sacar al pueblo de Israel de Egipto, pero le tomó cuarenta sacar a Egipto de las cabezas de los hijos de Israel...


Pesaj es una festividad llena de detalles que conciernen a lo que se puede comer y a lo que no, la dinámica propia de la cena pascual y el proceso de profunda limpieza que debe hacerse antes de que comience la fiesta para que no queden restos de pan o productos leudados en las casas. En este sentido, dado que hay mucho por hacer y revisar, el Talmud nos enseña: "Se comienza a preguntar y estudiar sobre las leyes de Pesaj un mes antes de que de inicio la festividad."

Los rabinos del Talmud nos recuerdan que aun cuando Pesaj cae cada año con la llegada de la primavera, bien haremos si semanas antes nos ponemos a estudiar los detalles y sutilezas  de la fiesta. Creer que ya sabemos todo porque ya lo hemos vivido en el pasado es un error de principiantes, y el texto nos advierte al respecto.


Pero por otro lado, me parece que la enseñanza talmúdica puede aplicarse de manera más general: Hay determinados procesos (internos y externos) que necesitan que nos preparemos con antelación; hay tiempos y momentos de nuestras vidas en los que necesitamos hacer la tarea.

Piensen en momentos de cambio: Recuerdo, por ejemplo, que cuando nos vinimos a vivir a México me dediqué a leer un par de libros de historia mexicana. ¿Por qué? Porque sólo haciendo la tarea es que iba a poder integrarme en la sociedad que nos estaba adoptando en ese momento. Si me hubiese ido a vivir a China, posiblemente además de leer sobre la historia de ese país habría tomado clases de mandarín.

Adaptarse a un nuevo trabajo o invertir en mejorar relaciones interpersonales también requieren de nuestro tiempo y esfuerzo. Muchas veces no podemos trabajar sobre ello hasta que los cambios se suceden, pero si tenemos la posibilidad de prever algunos de estos nuevos escenarios y operar sobre las posibles ramificaciones con anticipación, ganaremos en perspectiva y reflejos a la hora de la hora.

Hacer la tarea es, asimismo, reflejo de un estado del espíritu en constante entrenamiento. En lugar de creer que el destino proveerá, se trata de hacer lo mejor posible para lidiar con aquello que nos toque vivir de la mejor manera posible. Sin confiar en cábalas o ser presas del pensamiento mágico.

Es obvio que nunca podremos anticipar o elegir aquello que el futuro nos ponga por delante. Pero, al menos, haciendo la tarea nos será algo más fácil sortear las mareas en tiempos tormentosos.

Bienvenidos al tratado de Pesajim!
Y gracias por acompañarme durante estas primeras 100 entradas!

domingo, mayo 26

El lado oscuro de las convicciones

Eruvin 95a - 105a

Tener convicciones es bueno. Pero apasionarnos por ciertas formas de ver el mundo puede traer aparejada nuestra incapacidad de incorporar datos disonantes que puedan surgir por ahí.

Una vez que hemos sido impregnados con la fuerza de una idea, buscamos entender y racionalizar lo que nos pasa a través de esos lentes y solemos denostar todo modelo que discurra por otros canales y se afirme en valores distintos a los nuestros. En consecuencia, las sociedades se polarizan y se abren brechas difíciles de zanjar. Tan pero tan complicada se puede poner la situación, que matrimonios pueden llegar a su fin por disidencias de este tipo.


En parte, vivir de acuerdo a ciertas convicciones implica creer que ese es el camino correcto y que, por lo tanto, otras interpretaciones deben estar necesariamente erradas. Es por ello que oficialistas suelen tener problemas para reconocer problemas en la gestión y opositores dificultades para celebrar los logros del gobierno de turno. Todo lo que hacen unos es bueno, todo lo que hacen los otros está mal. En eso siempre acuerdan, independientemente del lado de la trinchera en el que se encuentren.

Algo así también ocurre en contextos tan diversos como los que unen (o enfrentan) a religiosos y ateos, israelíes y palestinos o fanáticos de River y Boca. Llegar a un punto intermedio en el diálogo entre diferentes necesita en primer lugar nuestra capacidad de tomar algo de perspectiva de nuestras propias ideas e ideales. Puede que sean los mejores (seguramente es así), pero mientras no salgamos de nuestro propio casillero, difícilmente lograremos encontrar un terreno que posibilite el encuentro con el otro.

Les cuento todo esto porque leyendo el Talmud en estos últimos días, me encontré con una de esas frases que rompen con narrativas establecidas, y que por lo tanto generan en ciertos grupos judíos una necesidad de interpretar lo escrito de manera tal que - incluso contradiciendo lo que allí figura - se ajuste a las convicciones del lector.

El Talmud dice, lisa y llanamente: "Mijal bat Cushi se ponía tefilin y los sabios no se lo impedían."

El texto habla de una mujer bíblica, en este caso la hija del Rey Saúl, y afirma que se ponía tefilin. Los tefilin son unas cajitas de cuero que contienen cuatro pasajes del Pentateuco y que son usados (tradicionalmente por los hombres) durante los días hábiles de la semana en el rezo matutino. La legislación hebrea sostiene que las mujeres están exentas del cumplimiento de preceptos positivos con un tiempo determinado, y por lo tanto históricamente las mujeres no usaban este símbolo religioso. No obstante, de acuerdo a lo establecido por el Talmud, los sabios no impidieron que Mijal usara tefilin. La ley dice que las mujeres están exentas, no prohibidas, y por tanto aparece el registro de Mijal - esposa del Rey David - cumpliendo con este ritual.

Es significativo encontrarnos con este pasaje en tiempos en los que en Jerusalem hay un enfrentamiento mensual entre un grupo de mujeres que pelea por su derecho de rezar frente al Kotel (muro occidental) utilizando talit y tefilin y muchos hombres (y mujeres) que hacen todo lo posible por impedirles esa posibilidad.


De aquí que el plan de Natan Sharansky para construir una explanada frente al muro destinada a que los judíos que así lo deseen recen juntos sea un signo de esperanza en nuestros tiempos. Reconocer que grupos distintos pueden pensar diferente, y dar cuenta de que el mundo no se rige por blancos y negros sino en un conglomerado de colores y matices puede ayudarnos a buscar soluciones que no deban optar por una u otra interpretación, sino que se pueda encontrar la vuelta para que cada quien viva de acuerdo a sus convicciones, respetando el derecho al disenso y celebrando la diversidad.

¡HADRAN ALAJ HAMOTZE TEFILIN USLIKA LA MASEJET ERUVIN!
¡VOLVEREMOS A TI HAMOTZE TEFILIN Y HA FINALIZADO EL TRATADO DE ERUVIN!

domingo, mayo 12

El judaísmo y la riqueza

Eruvin 82a - 89a

¿Qué opina el judaísmo de la riqueza?
¿Hay que alejarse de la fortuna?
¿Es necesario hacer votos de pobreza?


Durante gran parte de la historia, la gran mayoría del pueblo judío se murió literalmente de hambre. Los recursos eran escasos, y muchos debían sudar más de la cuenta para llegar a fin de mes. De hecho, el Talmud registra en más de una oportunidad a sabios que podían participar de discusiones legalistas sólo en sus tiempos libres, ya que la semana debía ser dedicada a trabajar de lo que sea.

En consecuencia, la pobreza en la que vivía el pueblo judío (y gran parte de la humanidad también) no era elegida sino forzada. No había voto de pobreza sino falta de dinero.

Pero por otro lado, tampoco hay una exaltación de los recursos materiales. De hecho, la posición que parece cobrar vida en el Talmud hace de la riqueza un medio, no un fin. Tener los medios económicos da lugar a la realización de toda clase de acciones que sin ellos sería más difícil. En este sentido, el texto registra que Rabi honraba a los ricos y Rabi Akiva honraba a los ricos. No se ve - a priori - mal a quien tiene dinero.

Y sin embargo, rápidamente el Talmud agrega la exégesis a un versículo del libro de los Salmos (61:8), que da cuenta de que el honor a quien ha sabido amasar riqueza se restringe a quienes con esos recursos son capaces de actos de misericordia y amor. Sólo a partir del buen uso que se haga de la fortuna propia es que las personas son merecedoras de honor (o no). ¿Por qué? Porque, parafraseando al Salmo, sólo puede permanecer delante de Ds aquel que da de comer a quien no tiene, aquel que es benefactor de los necesitados, aquel que en su accionar cotidiano demuestra empatía con los demás. Esa riqueza trasciende, redime y ayuda a que este mundo reencuentre equilibrios perdidos.


La riqueza, por tanto, no es mala.
Son los ricos de cada generación, los que pueden transformar sus recursos en fuente de bendición, de compromiso y de continuidad.

¡HADRAN ALAJ KEITZAD MISHTATFIN!
¡VOLVEREMOS A TI KEITZAD MISHTATFIN!

PD: Entre las páginas 89a y 95a se extiende el noveno capítulo de Eruvin, del cual desgraciadamente no encontré nada interesante para compartir en este espacio. Razón más que suficiente para decir:

¡HADRAN ALAJ KOL HAGAGOT!
¡VOLVEREMOS A TI KOL HAGAGOT!